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Editorial

El costo de una mala planeación urbana

El Ahuizote
El Ahuizote
julio 14, 2025

La ciudad de Saltillo vivió el pasado domingo 6 de julio uno de los episodios más complejos en materia de infraestructura urbana de los últimos años. Una intensa lluvia, atípica en su volumen y ritmo, expuso con fuerza un problema que se ha venido gestando por décadas, la falta de una planeación urbana integral y con visión de largo plazo. El fenómeno meteorológico no fue el culpable en sí mismo. Lo que verdaderamente colapsó fue el modelo de crecimiento urbano sin orden, sin control y, en muchos casos, sin respeto por las condiciones naturales del territorio que habitamos.

Las afectaciones fueron visibles en distintos puntos de la ciudad, viviendas inundadas, vialidades colapsadas, infraestructura dañada, vehículos varados, negocios paralizados y ciudadanos angustiados. Más allá del saldo material, que debe cuantificarse con justicia y atenderse con prontitud, queda un saldo social que no puede medirse en pesos, pero que cala en el ánimo colectivo, la frustración de ver cómo el entorno urbano se vuelve hostil y frágil cuando más se necesita que funcione.

Saltillo no está en una zona con vocación hídrica permanente, pero sí cuenta con una geografía que naturalmente ha dado cauce a corrientes de agua pluvial a lo largo de siglos. Es una ciudad trazada sobre una red de arroyos que, en tiempos de lluvia, funcionan como arterias naturales para el desfogue. A la fecha, se tiene registro de más de 200 kilómetros de cauces de arroyo que atraviesan la ciudad, muchos de los cuales han sido modificados, reducidos o simplemente ignorados por el desarrollo urbano.

De esta red, seis arroyos son considerados los principales, pero existen otros cauces que también tienen una función fundamental en la conducción natural del agua, entre ellos están La Tórtola, El Charquillo, La Navarreña, Los Ojitos, Ceballos y Las Flores.  El Arroyo León, el Arroyo del Pueblo, La Encantada, El Cuatro, El Pereyra y San Lorenzo. Estos cuerpos, cuando son respetados y gestionados adecuadamente, son aliados de la ciudad. Pero cuando son obstruidos por construcciones irregulares, encajonados por vialidades, se convierten en tiraderos clandestinos de basura o suprimidos del mapa urbano, se convierten en amenazas latentes.

El urbanismo no es una tarea menor. Es, quizá, uno de los ejercicios más delicados que tiene cualquier administración municipal, porque no se trata solamente de trazar calles o autorizar fraccionamientos, sino de construir una relación armónica entre la ciudad y su entorno natural. Cuando se ignoran los patrones geográficos, cuando se otorgan permisos de construcción sin criterios técnicos claros y cuando se privilegian intereses económicos por encima del bienestar colectivo, el resultado es una ciudad vulnerable, reactiva y, como quedó demostrado ese domingo, indefensa ante fenómenos climatológicos que seguirán presentándose.

El agua siempre reclama su camino”. Esa frase, aunque sencilla, encierra una verdad rotunda. Los arroyos por los que hoy necesariamente transita el agua ya estaban ahí antes que nosotros, y seguirán existiendo mucho después. La clave está en entender que no podemos sustituir la lógica de la naturaleza con caprichos del mercado inmobiliario. Cada fraccionamiento construido sobre un cauce, cada vialidad que encajona un arroyo, cada sistema de drenaje subdimensionado, es una deuda que se acumula y que, tarde o temprano, nos pasa factura.

Hay que decirlo con claridad, Saltillo ha crecido mucho en los últimos años, pero no siempre ha crecido bien. La expansión hacia el norte, donde se han concentrado gran parte de los nuevos desarrollos habitacionales, ha estado marcada por decisiones que no siempre consideraron el impacto ambiental, la capacidad del suelo, ni la conectividad pluvial. Lo recientemente ocurrido es reflejo de esa desconexión entre la ciudad planificada sobre papel y la realidad física del territorio.

Y aunque hay esfuerzos importantes por modernizar y ordenar este crecimiento, lo cierto es que aún estamos lejos de tener un modelo de desarrollo urbano resiliente. No se trata de buscar culpables en el presente, sino de asumir una responsabilidad compartida hacia el futuro. Es momento de revisar con rigor los planes de desarrollo urbano, de actualizar los mapas de riesgo hidrológico y de garantizar que cada permiso de construcción esté respaldado por estudios serios y no solo por voluntades políticas o intereses particulares.

La infraestructura pluvial no puede seguir siendo el tema olvidado en los presupuestos. A pesar de que existen recursos públicos que podrían destinarse a la canalización de arroyos, al fortalecimiento de sistemas de drenaje y a la construcción de obras de mitigación, muchas veces estas inversiones no son visibles ni reditúan políticamente, y por lo tanto quedan rezagadas. Pero postergarlas solo agrava el problema.

También es fundamental fortalecer la cultura ciudadana en torno al cuidado del entorno urbano. La basura que obstruye las alcantarillas, el desecho de residuos en los arroyos y la urbanización informal son factores que también contribuyen al caos. Todos, ciudadanos y autoridades, tenemos un rol que jugar en la construcción de una ciudad más segura y preparada.

Este episodio debe servirnos como punto de inflexión. Es necesario apostar por una visión de ciudad a largo plazo, en la que el respeto a la geografía, la inversión en infraestructura inteligente y la participación ciudadana sean ejes centrales. No podemos esperar a que llegue otra tormenta para reaccionar. La planeación no puede seguir siendo reactiva; debe ser preventiva, estratégica y profundamente humana.

Saltillo merece ser una ciudad que crezca con orden y que responda a las necesidades reales de su población. Una ciudad que entienda que la infraestructura no es solo pavimento y cemento, sino también confianza, seguridad y calidad de vida. Y sobre todo, una ciudad que nunca vuelva a ser rebasada por la lluvia, porque habrá aprendido a convivir con ella, a canalizarla y a respetarla.

Lo vivido el 6 de julio debe marcar un antes y un después. No se trata de una tragedia sin responsables, sino de un llamado a transformar la forma en la que diseñamos y habitamos nuestro entorno. Si el agua nos enseñó algo ese día, es que la ciudad no puede construirse de espaldas a la naturaleza. Es tiempo de planear con visión, de construir con responsabilidad y de corregir con urgencia los errores del pasado. La resiliencia urbana comienza cuando dejamos de tapar el sol con un dedo y empezamos a mirar la ciudad como un organismo vivo, que respira, que fluye y que exige cuidado.

Solo así podremos aspirar a un Saltillo más seguro, más ordenado y más humano. Porque si algo nos enseñó la tormenta, es que el verdadero caos no fue la lluvia, sino lo mal que aprendimos a vivir con ella.

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