En la noche del sábado 1 de noviembre de 2025, durante el tradicional Festival de las Velas en el centro histórico de Uruapan, Michoacán, el alcalde Carlos Alberto Manzo Rodríguez conocido popularmente como “el del Sombrero” fue víctima de un atentado armado que le costó la vida. Un agresor abrió fuego en plena plaza, ante decenas de personas que participaban en la celebración. El hecho no solo interrumpió una trayectoria política singular, sino que expuso de nuevo las profundas grietas que atraviesan al país, la violencia estructural, la desigualdad y el costo de ejercer el poder local en territorios donde el crimen organizado ha logrado colonizar la vida pública.
Carlos Alberto Manzo Rodríguez nació el 9 de mayo de 1985. Era hijo del activista social Juan Manzo Ceja, fundador en Uruapan de la primera galería comercial para artistas plásticos y promotor de la resistencia civil pacífica en los años noventa. Su historia personal estaba marcada por ese linaje de participación social. De acuerdo con información pública, cursó estudios de Ciencias Políticas y Gestión Pública en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), y desde entonces perfiló una identidad política alejada del burocratismo de los partidos. Su imagen pública se construyó alrededor del sombrero sahuayense de palma, símbolo que representaba tanto sus raíces familiares como una forma de diferenciarse del discurso partidista tradicional. El sombrero, al paso del tiempo, se convirtió en su estandarte político y en el emblema de un movimiento que buscaba devolverle sentido a la independencia ciudadana.
Su carrera política comenzó vinculandose a movimientos juveniles y causas locales antes de asumir responsabilidades públicas. Entre 2021 y 2024 fue diputado federal por el distrito 9 de Michoacán, bajo las siglas de Morena. Sin embargo, su visión del poder y su concepción de la representación social pronto lo distanciaron de la lógica partidista. Cuando en 2024 Morena definió a su candidato para la alcaldía de Uruapan, Manzo denunció que el proceso interno ignoraba la fuerza social que lo respaldaba. A partir de ese desencuentro decidió emprender un camino independiente. Renunció al partido, reunió las firmas necesarias y se registró como candidato ciudadano. En las elecciones municipales de ese año obtuvo un triunfo contundente, alrededor del 66 % de los votos frente al 19 % de la alianza Morena-Verde-PT. Su victoria marcó un precedente histórico, fue el primer alcalde independiente en la historia de Uruapan.
El llamado Movimiento del Sombrero, que nació como vehículo de su candidatura, se convirtió rápidamente en una expresión política con base social real. Agrupó a ciudadanos, productores agrícolas y jóvenes desencantados de los partidos, articulando un discurso centrado en la transparencia, la rendición de cuentas y la autonomía frente a las estructuras tradicionales. La narrativa de independencia y cercanía con la gente lo posicionó como una figura de contraste, un político sin padrinos, con discurso frontal y estilo populista-comunitario. Su ascenso fue leído, en distintos sectores, como un desafío a los viejos órdenes del poder regional.
Al asumir la presidencia municipal el 1 de septiembre de 2024, Manzo prometió gobernar con la ciudadanía, combatir la corrupción y enfrentar el dominio del crimen organizado. Impulsó medidas de seguridad inéditas en el municipio, como la adquisición de vehículos blindados para la policía local, bajo el argumento de que los agentes se enfrentaban a grupos armados con poder de fuego superior. También estableció canales de diálogo con productores de aguacate y con comunidades rurales afectadas por la extorsión y la violencia. Su discurso fue claro, “Gobernar nos puede costar la vida, pero vale la pena si es para recuperar la tranquilidad de la gente”. Aquella frase terminó siendo profética.
Uruapan, enclavado en la región aguacatera de Michoacán, concentra una de las mayores riquezas agrícolas del país. Sin embargo, el llamado “oro verde” también ha alimentado una economía criminal. Los cárteles disputan el control de la siembra, la producción, las empacadoras y el transporte. Las cuotas, la extorsión y los secuestros forman parte del costo cotidiano de la prosperidad regional. En ese escenario, el poder municipal no se limita a la administración pública, significa controlar el territorio, negociar con poderes fácticos o resistirlos. La figura de un alcalde independiente que hablaba de enfrentar al crimen se convirtió en una anomalía dentro de un sistema político acostumbrado a la coexistencia silenciosa.
Manzo fue, desde entonces, una voz incómoda. Criticó abiertamente la política federal de “abrazos, no balazos”, advirtiendo que la violencia en Michoacán era estructural y requería la presencia efectiva del Estado. Su ruptura con Morena, más que ideológica, representó un choque de visiones sobre cómo debía recuperarse la autoridad. Mientras el discurso oficial insistía en la conciliación, Manzo defendía la contención. Esa diferencia lo distanció de los círculos de poder estatal y federal, pero reforzó su imagen ante la ciudadanía. Sus seguidores lo veían como un hombre de palabra, un político que no se rendía ante las presiones. Para sus detractores, en cambio, era un populista arriesgado que jugaba con fuego.
La noche del 1 de noviembre, su historia terminó. En pleno Festival de las Velas, mientras recorría la explanada de la iglesia de La Inmaculada, fue atacado por un grupo armado. Las autoridades confirmaron posteriormente que uno de los agresores fue abatido y dos más fueron detenidos. La noticia corrió con rapidez, el alcalde “del Sombrero” había muerto en el ejercicio de su cargo. La tragedia provocó una ola de protestas y de indignación ciudadana. Los habitantes de Uruapan salieron a las calles con velas, el mismo símbolo que alumbraba el festival, exigiendo justicia y denunciando el abandono institucional frente a la violencia.
El asesinato de Carlos Manzo no puede leerse como un hecho aislado. Forma parte de una serie de ataques contra autoridades locales en distintas regiones del país. Entre 2018 y 2025, más de 110 alcaldes, síndicos y regidores fueron víctimas de atentados, de acuerdo con registros del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. La violencia política, antes concentrada en procesos electorales, se ha desplazado al terreno del ejercicio cotidiano del poder. Gobernar municipios con economías ilícitas, flujos de dinero del narcotráfico o conflictos agrarios implica vivir bajo amenaza. Y, en ese contexto, la independencia política se vuelve también vulnerabilidad.
El legado de Manzo se debate entre la admiración y la controversia. Por un lado, encarnó el surgimiento de un liderazgo ciudadano capaz de derrotar a los partidos tradicionales y movilizar una esperanza colectiva. Por otro, su estrategia de confrontación directa con los grupos criminales abrió interrogantes sobre la viabilidad de esas posturas sin respaldo institucional. La compra de patrullas blindadas, las denuncias públicas contra capos locales y su insistencia en “recuperar el orden” generaron apoyo popular, pero también críticas sobre el riesgo de militarizar el municipio o de exponerse sin protección federal. En los últimos meses de su vida, allegados aseguraban que había recibido amenazas y que sus movimientos eran vigilados.
Su muerte deja tras de sí más que un vacío político, deja la sensación de que el valor individual no basta para modificar un sistema. Gobernar desde la independencia, en un estado como Michoacán, implica carecer de redes de protección y de respaldo financiero. Implica enfrentarse solo a una estructura que ha normalizado la violencia. La historia de Carlos Manzo revela el dilema central de la política local mexicana, los ciudadanos quieren gobiernos cercanos y valientes, pero el Estado no ha construido las condiciones de seguridad para protegerlos.
No se trata de idealizar su figura. Manzo fue un actor político con virtudes y errores. Pero su vida y su muerte exigen una reflexión mayor, qué significa ejercer el poder sin partido, qué tan preparada está la democracia mexicana para sostener proyectos ciudadanos reales y qué tipo de Estado se necesita para garantizar que el liderazgo no sea un acto suicida. Su sombrero, símbolo de independencia y orgullo local, se convirtió en una bandera caída que interpela a todos los niveles de gobierno.
Carlos Manzo desafió al poder y pagó el precio más alto. Su historia condensa el drama de un país donde la autonomía política todavía se enfrenta a la violencia como destino. La pregunta que deja abierta es tan simple como urgente, ¿cuántos liderazgos más deberán caer para que el Estado recupere su obligación básica de proteger la vida y la esperanza de quienes deciden servir desde lo público?




