¿Sabías que antes de que existieran los submarinos, los cohetes espaciales o las videollamadas, un francés ya los había soñado todos? Su nombre: Julio Verne, el hombre que le puso GPS a la fantasía humana y convirtió la ciencia en literatura cuando aún era considerada terreno exclusivo de académicos con bata blanca.
Nacido en 1828 en Nantes, en una familia burguesa que esperaba verlo convertido en abogado, Verne decidió que lo suyo no era redactar demandas sino construir mundos. Desde pequeño, devoraba libros de viajes y relatos de exploradores como si fueran cómics, y escribía en secreto historias de aventuras con mapas, máquinas imposibles y animales exóticos. Fue rebelde a su manera: en vez de romper reglas, las reinterpretaba a través de la ficción.
La era de los inventos… y las letras
Verne vivió en un siglo en ebullición. Mientras Europa bullía con revoluciones tecnológicas y sociales, él se dedicaba a imaginar cómo sería viajar al centro de la Tierra, alrededor del mundo en 80 días, o directamente a la Luna… ¡y todo sin TikTok ni Google Earth! Su obra se convirtió en el retrato del optimismo científico del siglo XIX, cuando aún se creía que el conocimiento podía salvarnos de cualquier desastre.
Su primer gran hit fue “Cinco semanas en globo” (1863), donde ya dejaba claro que el cielo no era el límite, sino apenas el comienzo. Luego vendrían joyas como “Veinte mil leguas de viaje submarino”, con el mítico Capitán Nemo y su nave, el Nautilus, que parecía sacada de un catálogo de Elon Musk con estética steampunk.
Mucho más que ciencia ficción
Aunque suele catalogarse como “padre de la ciencia ficción”, reducir a Verne a ese género es como decir que Frida Kahlo solo pintaba autorretratos. Lo suyo era una combinación magistral de datos científicos, narrativa ágil y crítica social. Por ejemplo, en “La isla misteriosa”, los personajes no solo sobreviven como náufragos, sino que reconstruyen una civilización desde cero, usando química, física y un poco de sentido común (algo que hoy escasea).
Verne escribió más de 60 novelas dentro de la colección “Viajes extraordinarios”, además de cuentos, obras teatrales y ensayos. No todas fueron igual de exitosas, pero incluso sus “menos conocidas” tienen detalles que hacen sonreír al lector curioso: desde cálculos astronómicos exactos hasta predicciones tecnológicas que se hicieron realidad décadas después.
¿Futurista o profeta accidental?
Muchos creen que Verne tenía una bola de cristal. En realidad, lo que tenía era acceso a buena información científica y una imaginación sin filtros. Su descripción de un módulo que aterriza en el mar tras viajar a la Luna, sus ciudades subterráneas con luz eléctrica o sus sistemas de comunicación a distancia parecen sacados de un manual moderno.
Pero ojo: Verne no era un tecnófilo ingenuo. En obras como “Los quinientos millones de la Begún”, advierte sobre el peligro de la ciencia sin ética, anticipando el debate que hoy tenemos sobre la inteligencia artificial y la manipulación genética.
La herencia invisible
Julio Verne murió en 1905, dejando tras de sí una especie de biblioteca de futuros posibles. Su influencia toca a escritores como Isaac Asimov, Ray Bradbury, y hasta cineastas como Steven Spielberg. Y aunque su estilo pueda parecer “anticuado” a los lectores de fast content, su profundidad, humor y rigor siguen inspirando a quienes entienden que la mejor ficción es la que se atreve a preguntar “¿y si…?”
Así que la próxima vez que veas un submarino, un cohete o una expedición a Marte, recuerda que, antes de que existieran en realidad, Julio Verne ya los había escrito con tinta y papel… y una mente que viajaba más rápido que la luz.
¿Cómo nos vería Julio?
En el contexto actual, donde la tecnología avanza a pasos agigantados y la información vuela a la velocidad de la luz, Verne sería sin duda un ferviente defensor de la exploración y el conocimiento, pero también un crítico agudo de la desconexión humana que a veces produce esta hiperconectividad. Seguramente escribiría nuevas aventuras donde los protagonistas no solo conquisten el espacio o el fondo marino, sino también los desafíos éticos del cambio climático, la inteligencia artificial y la desigualdad global.
Además, Verne, con su estilo claro y accesible, comprendería la importancia de comunicar la ciencia y la tecnología de manera que todos puedan entenderla y apropiársela. En una época en que la desinformación puede ser un enemigo tan poderoso como cualquier adversario físico, su voz sería vital para inspirar a nuevas generaciones a pensar críticamente y a soñar sin perder el sentido de la responsabilidad.
Por supuesto, también se sorprendería de la diversidad cultural y la interconexión mundial. El mundo, que en su tiempo parecía inmenso y a la vez fragmentado, hoy está más pequeño y, sin embargo, sigue lleno de fronteras invisibles que es necesario superar. Verne, que soñaba con un planeta donde la ciencia y la aventura unieran a la humanidad, encontraría en el siglo XXI tanto motivos para celebrar como razones para reflexionar.
No cabe ninguna duda, si Julio Verne nos viera hoy, probablemente nos lanzaría un reto: seguir usando la imaginación no solo para crear máquinas increíbles, sino también para construir un mundo más humano. Porque, al final del día, su legado no es solo un catálogo de inventos fantásticos, sino una invitación eterna a no dejar nunca de explorar, cuestionar y soñar.



