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Cultura

El primer presidente de México

El Ahuizote
El Ahuizote
octubre 6, 2025

Cuando México nació como país independiente, allá por 1821, no había brújula clara ni camino trazado. El imperio efímero de Iturbide había dejado más preguntas que respuestas: ¿República o monarquía? ¿Federalismo o centralismo? ¿Libertad o tutela? En medio de esa tormenta, el 10 de octubre de 1824, un hombre de carácter férreo pero discreto, José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix —mejor conocido como Guadalupe Victoria— tomó posesión como el primer presidente de México.

Su nombre era un manifiesto: “Guadalupe”, por la Virgen del Tepeyac, símbolo de unidad nacional; “Victoria”, porque jamás se rindió en la guerra de independencia. Ese gesto dice mucho: en un país donde los títulos y los nombres marcan destino, él eligió cargar con la bandera de la fe popular y el triunfo militar.

El soldado convertido en presidente

Nacido en Tamazula, Durango, en 1786, estudió derecho en el Colegio de San Ildefonso, pero pronto dejó los libros para empuñar las armas junto a Morelos. Fue un insurgente incansable. En la guerra, se ganó fama por su resistencia casi suicida: cuando todo parecía perdido, se internó en la sierra de Veracruz y, durante años, se sostuvo cazando, recolectando y atacando de manera sorpresiva a las tropas realistas. Era, en pocas palabras, la persistencia hecha hombre.

Su figura adquirió tintes de leyenda: al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines!”, cruzaba barrancos con cuerdas improvisadas, organizaba emboscadas y desaparecía en la espesura. Esa tenacidad lo volvió símbolo de lo que México necesitaba en su origen: una voluntad indomable.

El presidente republicano

Cuando en 1824 se promulgó la primera Constitución Federal, Guadalupe Victoria fue electo como el primer presidente de la República. No era un político elocuente, tampoco un teórico del liberalismo, pero sí encarnaba algo aún más necesario: confianza. En un país dividido entre yorkinos y escoceses, centralistas y federalistas, militares y civiles, su figura era vista como neutral, capaz de sostener un equilibrio precario.

Durante su mandato, buscó consolidar la República en un mar de incertidumbre. Entre sus acciones destacan:

Reconocimiento internacional: logró que Estados Unidos, Colombia y Gran Colombia reconocieran oficialmente a México. Era vital: un país sin reconocimiento era poco más que un sueño en papel.

Instituciones militares: fundó la Marina Armada de México en 1825, pieza clave para defender la soberanía ante intentos de reconquista española.

Política económica: enfrentó una crisis financiera enorme. Para sostener al Estado, recurrió a préstamos con casas británicas que hipotecaron las arcas nacionales por décadas.

Tensión interna: tuvo que lidiar con intentonas golpistas y con la sombra de personajes como Nicolás Bravo y Santa Anna, que pronto se volverían protagonistas de la inestabilidad política.

Luces y sombras

Guadalupe Victoria fue austero hasta la médula. Se decía que comía frugalmente, que dormía poco y que tenía un carácter reservado. No era un caudillo populista ni un ambicioso al estilo de Santa Anna. Su error, quizá, fue la falta de firmeza política: confiaba demasiado en que la República podía sostenerse con la sola fuerza de la voluntad. Pero México ya mostraba su rostro áspero: conspiraciones, divisiones y una economía tambaleante.

Al término de su gobierno en 1829, entregó el poder de forma pacífica a Vicente Guerrero, otro insurgente que había alcanzado la silla presidencial. Ese simple acto —ceder el poder sin golpes ni rebeliones— fue uno de sus mayores legados. En un país que después conocería traiciones y caudillismos eternos, ese gesto debería recordarse como fundacional.

El hombre y la posteridad

Guadalupe Victoria pasó sus últimos años enfermo de epilepsia, retirado de la política. Murió en 1843, en la Fortaleza de Perote, dejando tras de sí la imagen de un hombre que nunca se rindió en el campo de batalla ni en su empeño por sostener una República naciente.

En México, solemos olvidar a nuestros primeros pasos. Recordamos a Hidalgo, a Morelos, a Juárez, a Madero. Pero a Victoria, el hombre que cargó con el título de primer presidente, apenas lo evocamos en libros escolares o en el nombre de algún municipio. Y sin embargo, su figura merece un lugar más digno: no fue un gran reformador, no fue un visionario político, pero sí fue el timón que mantuvo a flote la nave de un país recién estrenado.

Hoy, cuando el país sigue enfrentando dilemas sobre democracia, legalidad y poder, conviene recordar a Guadalupe Victoria. Su presidencia enseñó que la política puede sostenerse en la perseverancia y en la entrega, aun en medio de carencias y tormentas. México no nació perfecto; nació frágil, tambaleante. Pero nació. Y ese nacimiento tuvo un nombre y un rostro: el del insurgente que jamás bajó los brazos.

Su figura se desvanece en nuestro panteón nacional, opacada por los titanes del drama posterior. No tenemos sus arengas, ni sus memorias, ni un retrato icónico. Es el prócer discreto. Y sin embargo, en su terquedad republicana, en su rechazo a la corona, en su empeño por gobernar con las leyes y no contra ellas, está la semilla de la mejor versión de México. Una versión que, hay que admitirlo, no siempre supimos cultivar. Guadalupe Victoria no fue un rey, ni un santo, ni un genio militar. Fue, contra todo pronóstico, un presidente. Y en esos años fundacionales, eso fue ya una hazaña.

En tiempos donde los caudillos vuelven a tentar con personalismos y tentaciones autoritarias, rescatar la memoria de Victoria es más que un acto de justicia histórica: es un recordatorio de que las naciones se fundan no en discursos huecos, sino en la obstinación de hombres y mujeres dispuestos a mantenerlas vivas.

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