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Ciencia y Tecnología

De México a Irlanda, crece la oposición al auge mundial de la inteligencia artificial

El boom global de la inteligencia artificial (IA) ha desatado también una ola de oposición. A medida que se multiplican los centros de datos —infraestructuras esenciales para el funcionamiento de modelos de IA—, aumentan los conflictos ambientales y sociales en más de una decena de países, entre ellos México, Irlanda, Chile y Sudáfrica.

Estados Unidos sigue siendo el epicentro del auge, con empresas como OpenAI, Amazon, Google y Microsoft invirtiendo miles de millones de dólares en gigantescos complejos tecnológicos. Pero el frenesí constructor se ha extendido al extranjero, muchas veces con menos vigilancia y regulación.

Según Synergy Research Group, al cierre de junio existían 1,244 grandes centros de datos en el mundo, y casi el 60% ya operaban fuera de Estados Unidos. Además, se construyen otros 575 proyectos impulsados por corporaciones como Tencent, Meta y Alibaba.

El costo ambiental de la globalización de la IA

El rápido crecimiento de estas instalaciones ha generado tensiones locales debido al enorme consumo de energía y agua. En Irlanda, los centros de datos utilizan más del 20% de la electricidad nacional. En Chile, los acuíferos corren riesgo de agotarse, mientras que en Sudáfrica, donde los apagones son frecuentes, las nuevas instalaciones agravan la presión sobre la red eléctrica. Problemas similares se repiten en Brasil, Reino Unido, India, Malasia, Países Bajos, Singapur y España.

La falta de transparencia corporativa complica aún más la situación. Las grandes tecnológicas suelen construir a través de filiales y contratistas, ocultando su participación directa y los recursos que consumen. A esto se suma la actitud complaciente de muchos gobiernos, que ofrecen terrenos baratos, incentivos fiscales y escasa regulación para atraer inversión.

Las empresas, por su parte, defienden que el auge genera empleos e inversión y aseguran estar reduciendo su impacto ambiental mediante el uso de energías renovables y reciclaje de agua.

En el caso de México, Microsoft negó haber afectado el suministro de energía o agua con su complejo en el centro del país. Según la empresa, la instalación opera con una carga eléctrica de hasta 12.6 megavatios, equivalente al consumo anual de 50 mil hogares, y usa una cantidad “mínima” de agua.

Sin embargo, expertos y autoridades locales reconocen que la red eléctrica mexicana es inestable. “Nuestra capacidad se ha visto desbordada”, afirmó Alejandro Sterling, director de desarrollo industrial en Querétaro. Aunque resulta difícil vincular directamente los centros de datos con la escasez, su construcción en zonas con infraestructura débil ha generado presiones visibles y efectos colaterales.

Protestas en distintos países

En distintos rincones del mundo, activistas y comunidades locales han comenzado a resistirse al avance de los centros de datos. En Irlanda, el gobierno limitó las nuevas construcciones en Dublín por el “riesgo significativo” que representan para el suministro eléctrico. En Chile, tras protestas ciudadanas, Google canceló un proyecto que habría agotado las reservas de agua. En los Países Bajos, algunos proyectos fueron suspendidos por razones medioambientales.

“Los centros de datos combinan problemas ambientales y sociales”, explicó Rosi Leonard, de Amigos de la Tierra Irlanda. “Se nos dice que son necesarios para el progreso, pero lo que enfrentamos es una crisis real”.

Pese a ello, el crecimiento continúa. Según el banco UBS, las empresas planean invertir 375 mil millones de dólares en centros de datos este año y 500 mil millones para 2026.

En México, los residentes de comunidades cercanas a los proyectos piden que las inversiones tecnológicas incluyan beneficios directos para la población. En La Esperanza, un pueblo cercano al complejo de Microsoft, un brote de hepatitis afectó a unas 50 personas luego de que los cortes de agua dificultaran la higiene básica.

“Microsoft invierte millones, pero al municipio no llega nada”, denunció Bárcenas, habitante de la zona.

Irlanda: el epicentro de la resistencia

El caso de Ennis, al oeste de Irlanda, refleja la creciente resistencia. Allí, una empresa intentó convertir 60 hectáreas de campo en un centro de datos de 4 mil millones de euros. Lo que antes habría sido aprobado sin complicaciones ahora enfrenta apelaciones y protestas.

Durante dos décadas, Irlanda fue el paraíso de las tecnológicas: Apple, Google, Microsoft y TikTok instalaron su sede europea en el país, donde hoy existen 120 centros de datos. Pero el entusiasmo ha disminuido: se estima que pronto consumirán un tercio de la electricidad nacional, frente al 5% en 2015.

La oposición se fortaleció desde 2021, con movimientos como People Before Profit y figuras públicas, entre ellas la escritora Sally Rooney, apoyando las protestas. “La red está bajo presión por el número desproporcionado de centros de datos”, advirtió la activista Sinéad Sheehan.

La Agencia Internacional de Energía prevé que para 2035 los centros de datos consumirán tanta electricidad como India, y que cada uno puede utilizar hasta dos millones de litros de agua diarios, el equivalente a una piscina olímpica.

Los movimientos ecologistas se han internacionalizado. En España, la activista Aurora Gómez Delgado lidera el grupo Tu Nube Seca Mi Río, que coordina acciones con organizaciones de Francia, Irlanda y América Latina. “No hay lugar sin un centro de datos. Estamos conectados y resistiendo juntos”, aseguró.

México: desarrollo con costos locales

En Querétaro, uno de los polos tecnológicos más importantes de México, el funcionario Alejandro Sterling admite que los apagones y cortes de agua son “el precio del progreso”. La región alberga 110 centros de datos, y el gobierno local planea cuadruplicar su consumo eléctrico hasta 1.5 gigavatios en cinco años, lo que equivale al gasto energético de 1.25 millones de hogares estadounidenses.

Los contratos con las empresas incluyen acuerdos de confidencialidad, lo que limita la información pública sobre consumo y recursos. “Firmé ese acuerdo como un servicio público”, justificó Sterling.

Mientras tanto, comunidades como Viborillas o Las Cenizas sufren apagones frecuentes y escasez de agua. Residentes como Elizabeth Sánchez y Dulce María Nicolás aseguran haber tenido que pagar camiones cisterna, tirar alimentos y gastar más en almacenamiento.

“Ellos sí tienen luz —dijo Nicolás refiriéndose a Microsoft—, y yo me quedo sin nada”.

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