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AUTORES, Opinión, Plumas

Universidad y movilidad

Isra Reyes
Isra Reyes
enero 29, 2024

Por Israel Reyes 

La concepción de movilidad social representa un concepto central en el pensamiento ilustrado. Su premisa sostiene que todos los individuos tienen la capacidad de mejorar su posición social inicial o, al menos, la heredada de sus padres. Este enfoque, revolucionario en una época como el “Antiguo Régimen”, cuando las ocupaciones se asignaban según el nacimiento, no estaba contemplado.

La movilidad social se fundamenta teóricamente en un sistema profundamente meritocrático. En la teoría, dado que todas las posiciones están abiertas a la competencia y la educación permite desarrollar las habilidades para disputarlas, nuestro sistema debería ser fluido. Así, las desigualdades existentes deberían basarse en el éxito y el mérito, surgidos de la combinación de capacidades naturales y esfuerzo personal.

En la práctica, sin embargo, sabemos que es mucho más complejo. Aunque gran parte de la población mexicana ha experimentado cierta movilidad social ascendente desde la Revolución Industrial, esta transformación se debió más a cambios estructurales que a vivir en una sociedad con igualdad de oportunidades. Países que experimentaron rápida modernización, en Latinoamérica, facilitaron que un baby boomer, hijo de un ganadero, pudiera mejorar el nivel educativo y la posición laboral de sus padres. Sin embargo, cuando esos cambios estructurales se moderaron, la movilidad se estancó nuevamente.

En esta transformación social, la universalización de la educación desempeñó un papel crucial. En los años 50, menos del 10% de los alumnos se matriculaba en secundaria, por lo que fue necesario expandirla rápidamente cuando fue fortaleciéndose, poco a poco, nuestra democracia. Esto ocurrió de manera paralela a la educación superior, y hoy en día, en nuestro país, la problemática del acceso a la educación superior en México es multifacética, con múltiples factores que la agravan. La SEP señala que solo el 24% de los jóvenes mexicanos logran inscribirse en la universidad. Esto es una señal de alerta.

La universidad, desde su origen, pretendía satisfacer muchos anhelos de movilidad social. El antiguo lema «El hijo del obrero, a la universidad» refleja bien esta aspiración. A pesar de las críticas que la rodean, el sistema universitario tiene un rendimiento razonable, considerando el escaso nivel de inversión pública tanto en investigación como en enseñanza.

Sin embargo, la historia es diferente cuando se trata de su capacidad para generar movilidad social. Investigaciones han demostrado cómo las familias acomodadas logran el éxito de alumnos mediocres mediante refuerzos extraescolares, influyendo tanto en el acceso como en el rendimiento en la educación superior.

Además, los alumnos de familias con recursos siempre tienen una segunda oportunidad y pueden cambiar a centros educativos de menor exigencia. Incluso con mecanismos sutiles, la estratificación persiste. No es casualidad que un buen predictor de estudiar carreras enfocadas a la ciencia, matemáticas, ingeniería o medicina, las de mayor empleabilidad y salario, suela relacionarse con provenir de un hogar acomodado o con padres universitarios.

Por ello, es importante recordar que la educación, por sí sola, no puede asegurar algo que requiere una revisión más profunda de nuestras instituciones, desde el estado de bienestar hasta el mercado laboral. Ir a la universidad es dar un paso importante, pero no todos parten desde la misma posición.

Hoy en día, cada vez nos convencemos más de que la “educación” cada vez garantiza menos el “éxito”. 

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