Por Fernando Urbano
En la elección del 2021, la coalición opositora le ganó al presidente, y pudo haber obtenido mejores resultados de no haber sido por el esquirol de Movimiento Ciudadano, que le hizo la chamba al oficialismo para que Morena y sus aliados obtuvieran más distritos electorales y con ello más lugares en la Cámara de Diputados. Situación que se ha exhibido en más de una ocasión por los gestos de cortesía excedida entre el presidente López Obrador y del partido naranja.
El resultado fue que tuvimos que sufrir las “reformas” inconstitucionales, el plan B, los nombramientos pospuestos de consejeros, magistrados y demás situaciones que le pusieron a modo a López Obrador.
Desde entonces la auto llamada tercera vía no ha sido otra cosa más que una costosa carga para la democracia mexicana. Y en casos muy particulares, como el ridículo de Samuel García, donde se exhibieron como enemigos de las leyes, después de su corta campaña y en medio de una infinidad de intentos de maromas jurídicas en su lucha por mantener el gobierno local. Su candidato, Jorge Álvarez Máynez, el “candidato de lo nuevo”, como lo ha llamado su partido, es un elemento innecesario e irrelevante entre el electorado y para fines prácticos, para la elección, pues ni siquiera tiene el 10 por ciento de las preferencia de voto, de acuerdo a algunas encuentras se mantiene entre el 2.5% y el 6%, y hasta este momento no ha logrado imponer ningún tema en la agenda nacional.
Y desde su destape, quedó en evidencia que la forma es fondo, pues fue nombrado candidato presidencial, por voz del gobernador de N.L., sin la presencia de las figuras importantes del partido y en la forma más frívola posible, en una mesa de jardín con cervezas y tequila.
En Jalisco, donde se encuentra la mayor cantidad de votantes de Movimiento Ciudadano, cuenta con el 8% de la intención del voto, además de que los cuadros y liderazgos de ese partido han tomado distancia de la dirigencia nacional y de su candidato, que no cuenta ni siquiera con el apoyo del gobernador, que lo dejó más que claro, “Yo no soy fosfo, fosfo. Yo no soy lo nuevo. Yo no soy ‘arráncate compadre´. Yo soy un político serio, profesional y jamás voy a estar de acuerdo con esa noción de la política que la envilece, la banaliza. No puedo.”
La realidad de Máynez es simple, es candidato como resultado de la escandalosa caída de Samuel y porque Dante representa la pérdida de registro para el partido. Su tarea es, mantener el registro, y captar el voto “voto disidente”, que potencialmente podría ser para
Xóchitl. La coyuntura electoral para que el partido naranja se consolidara como una organización política eficiente ya pasó, o tal vez solo la dejaron pasar, como una acción autodestructiva y de servilismo para AMLO y Morena. Evidentemente sin posibilidades de ganar la presidencia, pero sí de conseguir un peso determinante en el Congreso para definir en las Cámaras las votaciones sobre presupuestos, leyes y proyectos de país. Pero hoy, no pueden aspirar ni siquiera a tener lo que tuvo el partido verde en su mejor momento.
Movimiento ciudadano y su candidato se quedaron adheridos a la frivolidad e incapacidad de Samuel García, y su efecto “fosfo”, que queda lejos de la realidad y de entender la responsabilidad de ser parte de la vida pública en un país en el que la política es un tema
difícil y complejo. Han construido éxitos nacidos de la oportunidad, pero estos no han sido suficientes para convertir a MC en una fuerza política nacional. Además el control de Dante ha convertido al partido en un patrimonio personal que sirve solo para sus negocios políticos.



