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Opinión, Plumas

33 años sin la princesa Hepburn

Jesús R. Cedillo
Jesús R. Cedillo
septiembre 7, 2026

Si hacemos caso a la cábala y la numerología, este año se cumplen 33 años de la muerte de Audrey Hepburn. Cuando todo mundo dice y cita: 33 años fue la edad en la cual murió el maestro Jesucristo.

Guillermo Cabrera Infante, quien siempre prefirió el cine a la sardina enlatada en su natal Cuba, describe a la Hepburn como una mujer de “cuello de cisne… la boca gráfica y ojos de moda muda.” Audrey Hepburn nació en Bruselas, Bélgica en 1929 y un emperrado cáncer de colon la llevó a la tumba, donde ahora vive por siempre, en 1993. Específicamente fue enterrada un día 24 de enero, en un día gris, frío, letal. Como Marlyn Monroe, como Rita Hayworth, como Bette Davis, paradójicamente, Audrey Hepburn murió para vivir eternamente.

No parecía Princesa, la Hepburn lo era. Hija de de una familia de rancio abolengo de la aristocracia holandesa. Para los que llevan los registros oficiales en forma, el nombre de la diva es el siguiente: Edda Kathleen Van Heemstra Hepburn-Ruston. Pero la Princesa, antes de tener al mundo a sus pies merced a sus actuaciones en el celuloide, sufrió como cualquier ser humano los horrores de la Segunda Guerra Mundial. 

Uno de sus hermanos estuvo en un campo de concentración nazi. Uno más se perdió durante los ataques de resistencia. Un tío y un primo en línea directa fueron fusilados. Los horres de la guerra.

Superados los días de la barbarie, cuenta que la historia le sonrió a la entonces novel actriz, cuando el director William Wyler le ofreció una buena comedia cinematográfica, “Vacaciones en Roma.” La vida cambió y la Princesa Hepburn se convirtió en una de las actrices más queridas e idolatradas de aquellas épocas. 

En 1953 actuaría junto a Gregory Peck en “La Princesa que quería vivir.” Junto con sus memorables y recordadas actuaciones en cintas como “Sabrina” (1954), “Historia de una monja” (1959) o la inconmensurable “Desayuno con diamantes” (1961) o bien “Sola en la oscuridad” (1967), llegarían premios y reconocimientos, incluyendo cinco nominaciones al Premio Oscar, la obtención de uno de ellos, el Premio a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián y el Bafta Británico en la misma categoría. Eran los años de gloria de la Princesa; años de reflectores, pasarelas, guantes de seda y un largo pitillo sostenido apenas por sus manos transparentes y un glamur de infarto. Pero, la Princesa triunfaba en el cine, pero sufría en amores.

En corto:

#Tuvo tres matrimonios y al parecer, en la tercera relación esa fue la “buena.”

Ella misma se lo dijo así a los periodistas de dicha relación y matrimonio con el actor holandés Bob Wolders: “El me hizo vivir de nuevo, darme cuenta que no todo se había terminado para mí». Y efectivamente, rejuveneció la querida Princesa con varios proyectos cinematográficos más en los últimos años de la década de los setenta del siglo pasado.

#El vestido que usó en la famosa secuencia de “Desayuno con diamantes”, ajustado a su grácil cuerpo, sin espalda y ella ataviada con guantes negros, al día de hoy es imposible de llenar. La talla de Audrey Hepbrun sigue siendo la misma desde que murió: esbelta, figura no de pasarela, sino de cine: ojos almendrados y un porte y belleza que la hacen aún hoy, una Princesa.

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