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Opinión, Plumas

Morena contra Morena (otra vez)

Fernando Urbano
Fernando Urbano
septiembre 7, 2026

Cada día resulta más evidente que el principal problema de Morena ya no está afuera. Está adentro.

Durante años encontraron en la oposición, en los medios, en los empresarios, en los conservadores o en cualquier adversario externo una explicación útil para prácticamente todo. Hoy esa narrativa comienza a quedarse corta porque buena parte de los conflictos que enfrenta nacen dentro de su propia estructura.

Hay una presidenta “intentando” marcar orden, disciplina y rumbo, pero también existen grupos que no terminan de asumir esa conducción. Hay liderazgos que siguen respondiendo a lógicas anteriores, personajes que entienden las señales a conveniencia, aspiraciones adelantadas, disputas por candidaturas, guerras por espacios y una lucha cada vez más evidente por controlar lo que viene después.

El problema no es que existan diferencias internas. Todos los partidos las tienen. El problema es que en Morena ya empiezan a convertirse en una forma cotidiana de operación.

Cada semana aparece una nueva contradicción. Un grupo empuja una narrativa, otro la corrige. Un dirigente manda una señal y otro la contradice. Una decisión busca cerrar un frente y, antes de terminar de explicarla, aparece otro conflicto distinto. El movimiento que durante años presumió cohesión hoy dedica una parte importante de su energía a administrar sus propias tensiones.

Y eso, rumbo a 2027, importa mucho. Las elecciones no se ganan solamente con una marca fuerte ni con popularidad presidencial. Se ganan con estructura, coordinación, candidatos competitivos, operadores territoriales y capacidad para cerrar filas cuando comienza la campaña. Ahí es donde Morena empieza a mostrar grietas.

Porque cuando un partido está demasiado ocupado resolviendo pleitos internos, filtraciones, señalamientos, luchas por candidaturas y disputas entre grupos, inevitablemente disminuye su capacidad para hacer política hacia afuera.

Y el llamado “fuego amigo” desgasta más que la crítica de la oposición. No sólo porque exhibe fracturas, sino porque rompe la confianza entre los propios cuadros. Quien hoy siente que su grupo fue desplazado, mañana puede decidir no operar. Quien pierde una candidatura puede dejar de movilizar estructura. Quien considera que la dirigencia favoreció a otro bloque puede simplemente cumplir con lo mínimo.

Y una elección cerrada puede perderse exactamente así. No hace falta una gran ruptura pública. Basta con que algunos dejen de ayudar.

Morena todavía conserva una enorme fuerza nacional y sería absurdo anunciar desde ahora que la pierdan totalmente. Pero también sería ingenuo ignorar que el oficialismo está entrando a la elección de 2027 con un nivel de desgaste interno que no enfrentó en otros procesos. La contradicción es evidente. Mientras más poder acumular, más difícil se vuelve administrarlo.

Porque ya no se trata únicamente de ganar elecciones. Se trata de repartir candidaturas, contener ambiciones, proteger liderazgos, cuidar alianzas, evitar rupturas y mantener unido a un partido donde cada vez más grupos consideran que también tienen derecho a decidir.

Ese es el verdadero riesgo. La oposición puede crecer o no. Las encuestas pueden cambiar. Los candidatos pueden mejorar o fracasar. Pero si Morena llega dividido, desconfiado y peleando consigo mismo, su principal adversario no estará enfrente. Estará sentado en la misma mesa. Y quizá la pregunta rumbo a 2027 ya no sea únicamente cuánto puede ganar Morena. Sino cuánto está dispuesto Morena a perder por culpa de Morena.

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