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Opinión, Plumas

La culpa

Isra Reyes
Isra Reyes
julio 20, 2026

Hay palabras que sobreviven a las modas porque nombran una experiencia imposible de desterrar. La culpa es una de ellas. En esta etapa de la vida humana es donde casi todo parece negociable (la verdad, la memoria, las convicciones e incluso los hechos), la culpa permanece como una sombra obstinada que nos recuerda que la libertad nunca ha sido de a gratis.

La época actual se ha propuesto declararle la guerra. Las librerías están llenas de “manuales” para deshacerse de ella; las redes sociales ofrecen absoluciones cortas e instantáneas y el lenguaje cotidiano ha sustituido el arrepentimiento por una fórmula más cómoda: «no te castigues». Como si el verdadero problema fuera sentir culpa y no las acciones que la provocan. Nos han dicho que la felicidad consiste en desprenderse de cualquier peso moral (¿puedes creer eso?). Pero una sociedad incapaz de sentir culpa también corre el riesgo de perder la capacidad de hacerse responsable de sí misma (y ojo, estas líneas no son para excusar a la culpa tan rancia que hemos cargado por años). 

El filósofo Nemrod Carrasco recupera una pregunta antigua que sigue incomodándonos: ¿de dónde viene la culpa? La respuesta dista de ser sencilla. Los estoicos, desde Epicteto hasta Marco Aurelio, desconfiaban de ella porque la entendían como una pasión que inmoviliza y convierte la vida en un ejercicio interminable de recriminaciones. Cicerón soñaba con vivir libre de culpa, convencido de que solo así podía alcanzarse la serenidad. Sin embargo, esa aspiración tropieza con un hecho elemental: donde existe conciencia moral, existe también la posibilidad del remordimiento.

Quizá la culpa no sea un accidente de la civilización, sino uno de sus cimientos. Los niños pequeños pueden hacer daño sin experimentar remordimiento porque aún no distinguen con claridad el bien del mal. La culpa aparece cuando descubrimos que nuestros actos afectan a los demás y que nuestras decisiones tienen consecuencias irreversibles. Es el precio de dejar atrás la inocencia.

Resulta significativo que una cultura obsesionada con los derechos hable cada vez menos de los deberes, de las obligaciones, caray. 

Hemos perfeccionado el lenguaje de las exigencias, pero empobrecido el de las obligaciones. Exigimos respeto, reconocimiento y empatía; con menor entusiasmo hablamos de reparar, rectificar o pedir perdón (hacerse cargo de uno y las consecuencias que devienen). No es casualidad. La culpa incomoda porque obliga a mirar hacia adentro antes de señalar hacia afuera.

También es cierto que existe una culpa enferma. Esa que se alimenta del miedo, de la manipulación o de una exigencia imposible de satisfacer. La historia está llena de religiones, gobiernos e ideologías que aprendieron a gobernar mediante el remordimiento constante. Esa culpa paraliza y degrada porque convierte al individuo en rehén de un castigo sin redención. Pero confundir esa deformación con toda experiencia de culpa equivale a destruir el termómetro porque anuncia fiebre.

La vida pública ofrece ejemplos cotidianos. Políticos incapaces de reconocer un error; empresarios que trasladan la responsabilidad a las circunstancias; ciudadanos que encuentran siempre un culpable distinto para justificar sus propios fracasos. La culpa desaparece, pero no porque se haya alcanzado una mayor virtud, sino porque la responsabilidad se ha evaporado. Ya no existe. 

Tal vez el desafío contemporáneo no consista en abolir la culpa, sino en reconciliarnos con su mejor versión. No la que humilla, sino la que despierta; no la que condena sin remedio, sino la que invita a corregir el rumbo. Una culpa bien entendida no nos reduce: nos humaniza. Es la voz discreta que nos recuerda que ninguna libertad puede sostenerse sin conciencia y que la dignidad comienza cuando somos capaces de responder por nuestros propios actos.

Al final de cuentas, una sociedad no se mide únicamente por los derechos que conquista, sino también por la honestidad con la que reconoce sus errores. Y quizá ahí resida la diferencia entre una comunidad madura y otra que ha confundido el alivio inmediato con la verdadera libertad.

El que no tiene tiempo para dolerse, no tiene tiempo para enmendarse.

-Henry Taylor

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