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Opinión, Plumas

¿Ganó Colombia o la “tendencia global”?

Isra Reyes
Isra Reyes
julio 6, 2026

Hay elecciones que cambian un gobierno. Y hay otras que cambian una época. Lo ocurrido recientemente en Colombia parece pertenecer a la segunda categoría. La victoria de la ultraderecha no puede explicarse únicamente por los errores del gobierno saliente ni por las virtudes de su candidato. Sería una lectura demasiado cómoda. Lo que ocurrió refleja un fenómeno mucho más amplio: el regreso de una política construida sobre el miedo, la identidad y la promesa de autoridad.

En ese contexto, el nombre de Donald Trump aparece con fuerza. No porque haya votado en Colombia, desde luego. Sino porque, desde hace una década, ha construido un modelo político que hoy trasciende las fronteras de Estados Unidos. Su discurso de nacionalismo, confrontación permanente, desconfianza hacia las élites tradicionales y exaltación del liderazgo fuerte ha encontrado eco en distintos rincones del mundo. América Latina no ha sido la excepción.

El ahora presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, nunca ocultó esa cercanía estética y discursiva. Habló de mano dura, de reducir el tamaño del Estado, de combatir la delincuencia con métodos extraordinarios y de reconstruir una autoridad que, según su narrativa, se había debilitado. Incluso recibió el respaldo público de Trump, quien llegó a atribuirse parte de la victoria.

Pero reducir el resultado colombiano a la influencia de Trump sería un error. Los liderazgos de este tipo prosperan cuando existen condiciones sociales que los alimentan. Colombia llega a esta elección con una sociedad profundamente polarizada, altos niveles de inseguridad, frustración económica y un evidente desgaste del proyecto encabezado por Gustavo Petro. La victoria fue, además, extremadamente cerrada: menos de un punto porcentual separó a los dos candidatos. Eso habla de un país dividido prácticamente en dos mitades.

Y aquí conviene detenerse. La historia demuestra que las democracias rara vez giran bruscamente hacia un extremo por simple entusiasmo ideológico. Generalmente lo hacen por desencanto. Cuando una parte importante de la población siente que las instituciones dejaron de responder, comienza a buscar soluciones extraordinarias. Ahí es donde florecen los discursos que prometen orden inmediato, decisiones rápidas y liderazgos sin demasiados contrapesos.

No es un fenómeno exclusivamente colombiano. Lo vimos en Estados Unidos con Trump. En Argentina con Javier Milei. En El Salvador con Nayib Bukele. Cada caso tiene sus diferencias, pero comparten un hilo conductor: la crisis de confianza en la política tradicional.

La pregunta, entonces, no debería ser si Trump fue decisivo. La pregunta correcta es por qué su estilo resulta cada vez más exportable. Quizá porque las democracias contemporáneas han descuidado algo esencial: la capacidad de ofrecer resultados sin renunciar a los equilibrios institucionales. Cuando la seguridad falla, la economía se estanca y la polarización domina el debate público, los ciudadanos dejan de buscar administradores y comienzan a buscar salvadores.

Ese es el verdadero riesgo. Porque la historia enseña que los liderazgos fuertes pueden resolver problemas inmediatos, pero también concentrar poder con una facilidad inquietante. Los contrapesos empiezan a verse como obstáculos; la oposición, como enemiga; la crítica, como traición.

Colombia entra ahora en una nueva etapa. Será el tiempo el que juzgue si el cambio respondió a una necesidad democrática o si abrió la puerta a nuevas tensiones institucionales. Aquí hay una lección que trasciende: las elecciones ya no se ganan únicamente con propuestas. Se ganan interpretando el miedo, el enojo y el desencanto de una sociedad. Y ahí está el verdadero triunfo de Trump.No necesariamente en haber influido en una elección extranjera, sino en haber convertido un estilo de hacer política en un lenguaje global.

¿Estamos presenciando el avance de una nueva derecha o el fracaso de las democracias para responder a las preocupaciones de sus ciudadanos?

Porque, al final, las urnas no solo eligen gobernantes, sino que también revelan el estado de ánimo de una época (una que puede llegar a ser muy oscura).

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