01 de mayo de 2026 | USD: 17.5 MXN |
Saltillo: 19 °C
Publicidad
Opinión, Plumas

Luisa María / Ariadna Montiel

Isra Reyes
Isra Reyes
abril 27, 2026

En política, los errores no siempre derriban carreras, pero sí revelan límites. Y en el caso de Luisa María Alcalde, lo que hoy está ocurriendo no es un tropiezo aislado, sino el cierre prematuro de una etapa que prometía más de lo que pudo sostener.

Su llegada a la dirigencia nacional de Morena en 2024 fue leída como símbolo generacional: una nueva camada que tomaría el control del partido más poderoso del país. Juventud, cercanía con el proyecto, narrativa de renovación. Todo estaba ahí, no les faltaba nada. Pero el poder, como enseña la historia, no se sostiene con símbolos sino con control político y ese control empezó a fallar.

La dirigencia de Alcalde enfrentó tensiones internas, disputas territoriales y una creciente dificultad para ordenar a su movimiento partidista. Lo que debía ser cohesión terminó siendo fragmentación. Lo que debía ser disciplina partidista terminó en conflictos públicos. Según reportes recientes, su gestión ha sido percibida dentro del propio partido como débil e improvisada, lo que abrió la puerta a una reconfiguración impulsada desde el centro del poder.

Ahora, ¿quién es Ariadna Montiel? Nacida en 1974 en la Ciudad de México, se formó en arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Pero su verdadera formación no fue técnica, sino política: se forjó en la izquierda partidista desde los años del PRD, en estructuras internas donde se aprende algo más importante que hablar a operar.

Desde entonces, su trayectoria ha sido constante: diputada local, diputada federal, funcionaria en el gobierno capitalino y, más tarde, pieza clave del proyecto obradorista. Vaya, no es una improvisada, es una política de carrera.

Su verdadero punto de inflexión llegó con la Secretaría de Bienestar, que encabeza desde 2022. Ahí no solo administra programas sociales: administra una de las estructuras más grandes del país. Más de 14 millones de beneficiarios, una red de miles de servidores públicos y un presupuesto que supera el billón de pesos. En términos políticos, eso tiene nombre: control territorial. Porque los programas sociales no solo distribuyen recursos. Construyen presencia, generan vínculos y, sobre todo, organizan una base política real. Montiel entendió eso mejor que muchos.

Por eso hoy su perfil encaja con lo que Morena necesita: menos narrativa y más disciplina. Su posible llegada a la dirigencia del partido no es casualidad. Responde a una lógica clara: frente al desorden interno, se apuesta por quien sabe ordenar. Frente a la dispersión, por quien sabe operar.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, dentro del propio movimiento, ha enfrentado críticas por su estilo centralizado, rígido, poco abierto al diálogo. Legisladores han cuestionado su trato y su forma de ejercer el poder, lo que revela una tensión constante entre la eficacia y el consenso. Y ahí está el dilema.

Hoy por hoy, pudiera parecer que el mensaje va por la solidificación de la estructura partidista por sobre todas las cosas. Tienen focos rojos al interior, pero sin una base sólida, lo demás sería lo de menos. 

Publicidad
Publicidad
Publicidad

Comentarios

Notas de Interés

Opinión, Plumas
Opinión, Plumas