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Opinión, Plumas

La tiranía del archivo

Isra Reyes
Isra Reyes
marzo 30, 2026

Vivimos en la era de la memoria infinita y el perdón finito. Nunca antes la humanidad había tenido tanta capacidad de registrar, almacenar y recuperar palabras, y nunca antes habíamos sido tan despiadados con quien las pronuncia. Lo paradójico (lo trágicamente cómico) es que el dispositivo que nos ata es el mismo que hemos construido con entusiasmo, día tras día, como quien levanta su propia prisión ladrillo a ladrillo.

Hace no tanto, las palabras tenían la dignidad de lo efímero. Se las llevaba el viento, las amortiguaba el tiempo, las matizaba el olvido. Uno podía decir una barbaridad en una cena, cambiar de opinión al año siguiente, y nadie iba a sacar la libreta amarillenta para recordársela tres décadas después. Pero hoy cada chat, cada comentario, cada búsqueda queda petrificado en un servidor, esperando su momento de gloria forense. Y ese momento siempre llega.

Lo curioso es que no hablamos de delitos, hablamos de palabras. De frases arrancadas de contexto, de opiniones que ya no se sostienen, de ocurrencias que nunca debieron salir de la intimidad. El escrutinio al que hoy sometemos cualquier vida pública) y cada vez más, cualquier vida a secas) no resistiría aplicarse a nadie. Ni a quién lo aplica. Porque todos tenemos en el cajón de los recuerdos aquella frase que hoy nos avergonzaría, aquella postura que defendimos con convicción y luego abandonamos, aquel chiste que entonces parecía inocente y ahora sería un crimen.

Pero la nueva moral no admite evoluciones. Es una moral de instante, de pantallazo, de verdad única y definitiva. Lo que pensaste ayer es lo que eres hoy, para siempre. No importa que hayas leído, viajado, conversado, rectificado. No importa que el paso del tiempo tenga la función clásica de madurar, de desaprender, de volverse más complejo. El tribunal de las redes no entiende de procesos, sólo de sentencias.

Y aquí está la trampa más sutil: hemos sido nosotros quienes hemos entregado las pruebas. Porque el mundo híbrido en que vivimos nos ha hecho confundir visibilidad con existencia. Si no se publica, no pasa. Si no se opina, no se es. Hemos convertido el silencio en una sospecha y la reserva en un pecado. Y así, en esta fiebre de exposición voluntaria, hemos vaciado nuestra vida privada en el foro público, sin pensar que allí quedaría para siempre, lista para ser usada en nuestra contra.

Los jóvenes que hoy crecen con el celular como extensión de su mano parecen haber nacido sin la noción de lo privado. Difunden conversaciones ajenas con la naturalidad de quien comparte una foto del paisaje. Exponen intimidades como si fueran trofeos. Y con ello ejercen un poder que nadie les ha otorgado: el poder de juzgar, de condenar, de decidir quién merece seguir en el mundo. Porque de eso se trata, en el fondo: de una redistribución brutal del poder de exclusión, ahora democratizada hasta el extremo de que cualquiera puede arruinar a cualquiera con tres pantallazos bien escogidos.

Quienes hace años coreaban aquello de que “lo personal es político” han terminado bebiéndose su propio veneno. Porque cuando todo es político, nada es personal, y cuando nada es personal, no hay refugio. La hipocresía, decían, era el vicio de las sociedades opacas. Pero una casa de cristal no es una utopía transparente: es la peor de las cárceles, porque allí no hay rincón donde guarecerse del ojo del otro.

Pero eso, callar es hoy un lujo, quizás el mayor de los lujos. Y como el anonimato es ya casi imposible, habría al menos que aprender a mirar con más humanidad las palabras de los otros. A concederles el beneficio del tiempo, del contexto, del cambio. A recordar que nosotros también tenemos un pasado, y que si alguien lo juzgara con la misma vara implacable, probablemente no saldríamos bien librados.

Mientras tanto, seguiremos asistiendo al espectáculo de los linchamientos digitales con esa mezcla de fascinación y pánico que produce ver cómo a otro le hacen lo que mañana podrían hacernos a nosotros. Porque al final, el problema no es que seamos esclavos de nuestras palabras. El problema es que nos hemos vuelto amos de las palabras ajenas, y ese poder, ejercido sin medida, nos está convirtiendo en algo peor que jueces: en verdugos de domingo, que condenan por el simple placer de condenar.

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