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Opinión, Plumas

Seguridad en Coahuila: cuando la estrategia deja de ser discurso

Rubén Duarte
Rubén Duarte
marzo 2, 2026

En tiempos donde la seguridad pública se ha convertido en el principal termómetro de la confianza ciudadana hacia los gobiernos, cualquier movimiento institucional que rompa con la rutina burocrática merece un análisis profundo. La reciente instalación de una mesa operativa extraordinaria de seguridad en Coahuila, encabezada por el fiscal general Federico Fernández Montañez por instrucción del gobernador Manolo Jiménez Salinas, representa precisamente eso: un intento por transformar la coordinación en acción directa.

Lo relevante no es únicamente la reunión en sí —porque mesas de seguridad existen en prácticamente todo el país—, sino su naturaleza. Según lo expuesto por el fiscal, esta sesión rompe con el modelo tradicional al convertirse en un espacio estrictamente operativo, integrado exclusivamente por autoridades con capacidad real de decisión y ejecución en campo. En otras palabras, menos diagnóstico político y más estrategia táctica.

La participación de mandos del Ejército Mexicano, la Guardia Nacional, la Secretaría de Marina, la Fiscalía General de la República, el Centro Nacional de Inteligencia y las autoridades estatales refleja un modelo de coordinación vertical que busca cerrar espacios a la improvisación. No se trata de una mesa para evaluar cifras, sino para definir objetivos prioritarios y actuar sobre ellos.

Este planteamiento cobra especial relevancia en un contexto nacional donde la seguridad suele diluirse entre competencias federales, estatales y municipales. La fragmentación institucional ha sido, históricamente, uno de los mayores obstáculos para combatir la violencia en México. Por ello, la apuesta de Coahuila parece dirigirse hacia una lógica distinta: centralizar decisiones estratégicas sin perder capacidad operativa local.

Sin embargo, el verdadero desafío no radica en instalar mesas de trabajo, sino en sostener resultados. La periodicidad anunciada —reuniones cada dos meses— abre una expectativa legítima: que la coordinación produzca indicadores tangibles y no únicamente discursos institucionales.

Coahuila ha construido durante años una narrativa de estabilidad basada en dos pilares: seguridad y desarrollo económico. La llegada constante de inversiones industriales y la percepción de tranquilidad relativa frente a otras regiones del país han reforzado esa imagen. Pero precisamente por ello, el margen de error es mínimo. Mantener la seguridad exige anticipación, inteligencia y decisiones oportunas.

La definición de objetivos prioritarios —especialmente aquellos generadores de violencia o potencialmente desestabilizadores— sugiere un enfoque preventivo más que reactivo. Y ahí podría encontrarse la diferencia fundamental: actuar antes de que los problemas escalen.

No obstante, toda estrategia de seguridad enfrenta una prueba inevitable: la percepción ciudadana. Porque más allá de las estructuras institucionales, la seguridad se mide en la vida cotidiana, en la tranquilidad de las calles, en la confianza para invertir y en la certeza de que el Estado mantiene el control territorial.

La mesa operativa extraordinaria marca, al menos en el discurso, un cambio de enfoque: pasar de la coordinación simbólica a la operación estratégica. El tiempo dirá si este modelo se convierte en referente nacional.

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