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Editorial

Crónica de una generación en marcha

El Ahuizote
El Ahuizote
noviembre 24, 2025

La llamada marcha de la Generación Z irrumpió en el mapa político y social de México a mediados de noviembre de 2025, primero como una convocatoria dispersa en redes sociales y después como una movilización nacional que llenó avenidas, plazas y timelines digitales. Bajo esa etiqueta se agruparon jóvenes nacidos, en términos generales, entre 1997 y 2012, pero también personas de otras edades que encontraron en la protesta un canal para expresar hartazgo frente a la violencia, la inseguridad y la precariedad cotidiana

El punto de arranque visible fue la convocatoria para el sábado 15 de noviembre en la Ciudad de México. Desde principios de mes comenzaron a circular en X, TikTok, Instagram y servidores de Discord videos, carteles e imágenes generadas con inteligencia artificial que llamaban a una “marcha de la Generación Z México” contra la corrupción, la violencia y la impunidad. En esas piezas se mezclaban referencias de anime, en particular One Piece, mensajes sobre defensa de la democracia y consignas contra el clima de inseguridad que atraviesa el país. La etiqueta fue adoptada rápidamente por creadores de contenido, estudiantes y grupos de jóvenes que replicaron y adaptaron los llamados en distintos estados. 

El contexto inmediato también contribuyó a encender la chispa. Días antes, el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, se sumó a una serie de episodios de violencia y hallazgos de fosas y supuestos campos de exterminio que habían impactado la conversación pública. Organizaciones nacionales e internacionales venían advirtiendo desde hace años sobre el número de personas desaparecidas en México, que ronda las 133,000, así como sobre la normalización de la violencia en amplias regiones del país. En ese clima, la idea de una marcha encabezada por la generación más joven encontró eco y amplificación. 

La primera convocatoria, fechada para el 15 de noviembre, no se limitó a la capital. Listas difundidas por medios y cuentas informativas en redes mencionaban puntos de reunión en más de 50 ciudades de los 31 estados del país. En Ciudad de México, el recorrido principal se fijó del Ángel de la Independencia al Zócalo capitalino, siguiendo Paseo de la Reforma hasta el Centro Histórico. En Mexicali se llamó a concentrarse por la tarde; en ciudades de Baja California Sur, como La Paz y Cabo San Lucas, se eligieron el malecón y plazas públicas; en Campeche, los monumentos locales funcionaron como puntos de partida. La lógica se repitió en Monterrey, Guadalajara, Puebla, Mérida, Querétaro y otras capitales estatales. 

El 15 de noviembre, desde las once de la mañana comenzaron a reunirse contingentes en el Ángel y en otros puntos del país. Las imágenes de la Ciudad de México mostraban mantas con consignas contra la inseguridad, pancartas improvisadas, banderas mexicanas intervenidas con símbolos de series animadas y un amplio rango de edades, aunque los organizadores insistían en que el motor del movimiento eran los menores de 30 años. Entre los asistentes se observaban estudiantes de bachillerato y universidad, trabajadores jóvenes, madres y padres con hijos pequeños, así como colectivos feministas y grupos que suelen participar en marchas por personas desaparecidas. 

La marcha de la capital avanzó por Reforma en un ambiente inicialmente pacífico. A lo largo del trayecto se escucharon consignas que aludían al costo de la vida, al precio de alimentos y servicios, a la falta de oportunidades laborales, a los impuestos a ciertos productos de consumo juvenil y a los casos emblemáticos de violencia criminal. También se corearon reclamos por el estado del sistema de salud, la situación de hospitales y el desabasto de medicamentos. Las referencias al futuro, la sensación de no tener certezas ni seguridad, se repitieron en testimonios de jóvenes que declararon asistir no por afinidad partidista, sino por la necesidad de expresar un enojo acumulado. 

Hacia el cierre del recorrido, ya en las inmediaciones de Palacio Nacional, el clima cambió. Un grupo identificado por diversos medios como bloque negro derribó vallas metálicas y se enfrentó con elementos de seguridad. A partir de ese punto se registraron choques, el uso de gases y detonaciones de proyectiles no letales. Los reportes oficiales y periodísticos coinciden en que hubo decenas de personas lesionadas, entre manifestantes y policías, así como varias detenciones, que en conjunto superaron al menos treinta. En otras ciudades, como Monterrey, Guadalajara o Puebla, las movilizaciones se mantuvieron mayoritariamente pacíficas y con menor presencia de fuerzas policiales. 

Mientras tanto, en redes sociales continuaba la discusión sobre quiénes estaban detrás de la marcha. Voces del gobierno federal y de dirigentes partidistas señalaron presuntos vínculos de algunos promotores con partidos de oposición y con empresarios mediáticos, y cuestionaron el carácter “juvenil” del movimiento al subrayar la presencia de personas adultas en los contingentes. En sentido contrario, asistentes entrevistados por distintos medios insistieron en que su participación respondía a experiencias personales con la inseguridad, la precariedad y la falta de servicios públicos, independientemente de quién hubiera redactado o difundido las primeras convocatorias. En paralelo, se documentó la existencia de servidores de Discord y grupos privados donde se coordinaban rutas, mensajes y materiales gráficos. 

Con la primera marcha todavía fresca, se anunció una segunda movilización. A los pocos días comenzaron a circular carteles para una “Gen Z 2.0” o “segunda marcha de la Generación Z”, programada para el jueves 20 de noviembre, fecha que coincide con el desfile cívico-militar por el aniversario de la Revolución Mexicana. La nueva convocatoria contempló dos ejes principales en la capital, uno con punto de partida en Ciudad Universitaria, en el campus central de la UNAM, y otro nuevamente desde el Ángel de la Independencia, con trayectos hacia Reforma y el Zócalo. Se sumaron llamados específicos a protestar por las detenciones y presuntos abusos policiales ocurridos en la primera jornada

La expectativa de esta segunda movilización contrastó con la asistencia real. Durante la mañana del 20 de noviembre, la explanada de la Biblioteca Central de la UNAM lució prácticamente vacía, con presencia de medios de comunicación y algunos estudiantes, pero sin un contingente numeroso que respondiera a la cita inicial. En el Ángel de la Independencia se reunió un grupo reducido que, según diversos recuentos periodísticos, apenas superó el centenar de personas. Desde ahí caminaron por Reforma, avenida Juárez y 5 de Mayo hasta el Centro Histórico, en una marcha que transcurrió sin incidentes graves y bajo un despliegue de seguridad visiblemente menor al de jornadas anteriores. 

En entrevistas realizadas durante esta segunda marcha, participantes señalaron dos factores para explicar la baja afluencia, el miedo a posibles agresiones por parte de fuerzas de seguridad tras los hechos del 15 de noviembre y la dificultad de ausentarse de trabajos o estudios en un día laboral. Aun con esa menor presencia, se mantuvieron las consignas sobre violencia, desapariciones, sistema de salud y falta de futuro, así como las referencias visuales que habían caracterizado la primera movilización, banderas, personajes de anime, carteles impresos y mensajes escritos a mano en cartulinas de colores. 

En paralelo a las escenas de calle, la conversación digital sobre la marcha continuó ocupando un lugar central. El movimiento se alimentó de clips cortos, transmisiones en vivo y debates en espacios de X y TikTok, donde jóvenes de distintas ciudades compartieron testimonios, críticas y también dudas sobre el rumbo del llamado Generación Z México. El uso de gráficos, filtros, efectos sonoros y videos explicativos permitió que el tema se mantuviera en tendencia más allá de la cantidad de personas presentes físicamente en las plazas. En esa dimensión, la marcha mostró la forma en que una generación acostumbrada a habitar lo digital traslada sus códigos a la protesta presencial. 

Más allá de los números exactos de asistentes, el fenómeno dejó varias constantes observables. La primera es la centralidad de la violencia y la inseguridad como ejes de inconformidad. La segunda, la sensación de precariedad extendida que se expresa en reclamos por salarios, costo de la vida, acceso a vivienda y estabilidad laboral. La tercera, el protagonismo simbólico de una generación que ha crecido en medio de redes sociales, crisis sucesivas y un debate permanente sobre la democracia y las instituciones. Finalmente, la marcha puso en evidencia la capacidad de las plataformas digitales para articular, en cuestión de días, una movilización que cruza estados, ciudades y contextos socioeconómicos

En términos demográficos, lo que aquí se nombra como Generación Z corresponde a la generación nacida a partir de finales de los noventa y hasta la primera década de los dos mil, una población que en México representa millones de personas en edad escolar, universitaria o de incorporación reciente al mercado laboral. Diversas encuestas regionales han registrado en este grupo una mezcla de desconfianza hacia las instituciones y, al mismo tiempo, un uso intensivo de herramientas digitales para informarse, organizarse y expresar sus posturas públicas. Esa combinación ayuda a entender por qué las primeras imágenes virales, los servidores de mensajería y las cuentas de creadores de contenido fueron el terreno donde germinaron las marchas, antes de llegar al espacio físico de las calles. 

Hasta ahora, las protestas vinculadas a la Generación Z en México se han movido entre la multitudinaria primera jornada y la discreta segunda convocatoria, entre la masividad de los hashtags y la realidad concreta de las calles. En ese espacio se sigue definiendo el alcance de un movimiento que, más que una estructura formal, funciona como un paraguas bajo el cual convergen enojo, miedo, expectativas y lenguajes propios de quienes hoy tienen menos de treinta años, pero también de generaciones mayores que comparten preocupaciones similares. La crónica de estas marchas apenas comienza a escribirse.

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