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Cultura

Luis Buñuel, el surrealista indómito

El Ahuizote
El Ahuizote
julio 28, 2025

Por más que pasen los años, Luis Buñuel no se borra. Está ahí, incómodo, clavado como una espina entre los párpados de la historia del cine. Nadie puede ver una vaca muerta, una pierna en llamas o un ojo cercenado sin que su nombre arda en la memoria. Fue, como todos los grandes, un transgresor de su tiempo, un cruzado de la imagen, un exiliado perpetuo —de su país, de su religión, incluso de sí mismo— que hizo del cine una blasfemia sagrada. Buñuel no solo filmó películas, filmó sueños, pesadillas, pulsiones reprimidas, fetiches burgueses y traumas religiosos. Y lo hizo con una ironía tan filosa que aún corta.

En el México de los años 50, mientras el cine de oro seguía cantando las glorias de charros y rancheras, un español de mirada penetrante y humor ácido se paseaba por las calles de la Ciudad de México con la discreción de un fantasma. No llevaba capa, ni pistola, ni bigote engominado. Su arma era otra: una cámara y una imaginación dispuesta a dinamitar las convenciones. Era Luis Buñuel, el genio iconoclasta que, entre tacos y mezcal, reinventó el cine y le escupió en la cara a la moral burguesa sin perder la elegancia.

Un Rebelde con Causa 

Nació en 1900 en Calanda, un pueblo de Teruel donde, según él, «el sonido de los tambores de Semana Santa marcaba el ritmo de la represión». Su infancia estuvo plagada de curas, latigazos espirituales y una educación jesuita que, en vez de moldearlo en un hombre piadoso, lo convirtió en un ateo militante. Pero no un ateo cualquiera: uno que seguía obsesionado con Dios, como un amante despechado que no puede dejar de pensar en su ex.

En Madrid, en la Residencia de Estudiantes, se codeó con Dalí y Lorca, bebió versos y sueños, y descubrió que el arte podía ser un cuchillo afilado contra el vientre de la hipocresía. Con Un perro andaluz (1929), ese cortometraje donde un ojo es rajado como una uva, no solo inventó el cine surrealista, sino que le dio al mundo una nueva forma de mirar: sin pestañear, sin concesiones.

En París, en plena ebullición del surrealismo, Buñuel encontró su voz (o mejor dicho, su silencio) con Un perro andaluz (1929), su cortometraje fundacional. Coescrito con Dalí —cuando todavía eran amigos antes del pleito eterno—, la película es un alarido visual de 17 minutos que abrió una grieta en el arte cinematográfico. Sin lógica narrativa, sin concesiones al espectador, sin sentido aparente, y sin embargo, cargada de simbolismo. Ahí está el ojo cortado con una navaja de afeitar, imagen brutal y poética que todavía hoy incomoda. Era el nacimiento de un cineasta que no venía a contar historias, sino a dinamitar estructuras mentales.

Luego vino La edad de oro (1930), una película tan provocadora que fue prohibida por décadas. El escándalo fue inmediato. ¿Cómo atreverse a mostrar a una pareja lujuriosa, a un Cristo de cartón, a obispos lanzados por la ventana? Para Buñuel, el cine no debía acariciar conciencias, sino golpearlas. No era un entretenimiento, era un acto de rebeldía. Por eso los surrealistas lo amaban y la derecha católica lo odiaba. Fue vetado, marginado, perseguido. Y como tantos otros, cruzó el océano.

El exilio y el laberinto mexicano

La Guerra Civil española lo empujó al exilio, y después de vagar por Estados Unidos (donde hasta trabajó para el Museo de Arte Moderno, hasta que lo corrieron por «comunista»), acabó en México. Aquí, con un presupuesto miserable y actores de segunda, hizo obras maestras. Los olvidados (1950) fue su golpe más brutal: un retrato de la pobreza infantil tan crudo que la buena sociedad mexicana lo tachó de «exagerado» y «denigrante». Claro, como si los niños muriendo en las calles fueran una invención surrealista.

Pero Buñuel no solo filmó miseria. También filmó la hipocresía con una sonrisa sardónica. Sus personajes son burgueses que rezan el rosario de día y fantasean con incesto de noche, curas con fetiches sexuales, y aristócratas que dan limosna con una mano y masturban la otra.

Desde entonces, vino una racha prodigiosa: El, Nazarín, Viridiana, El ángel exterminador, Simón del desierto, Belle de jour, El discreto encanto de la burguesía, Ese oscuro objeto del deseo. Cada una, una provocación envuelta en elegancia. Cada una, un puñal al corazón de la moral conservadora. Buñuel exploró la religión como hipocresía, el deseo como cárcel, la burguesía como farsa. Pero no lo hizo desde el panfleto, sino desde el absurdo, el sueño, el simbolismo. En El ángel exterminador los ricos no pueden salir de una sala. En Simón del desierto, un asceta es tentado por el diablo con música jazz. En Viridiana, una novicia termina vestida de santa en medio de un banquete que roza la orgía. Cada escena, una herejía visual.

Pero Buñuel no fue solo provocación. Fue también precisión. Cada encuadre, cada corte, cada gesto estaba pensado. No filmaba por impulso, filmaba con bisturí. Y en el fondo, su cine tenía una ética. No la de los dogmas, sino la del cuestionamiento. Nos obligaba a mirar donde no queremos. A ver que debajo del hábito hay deseo, que detrás de la caridad hay poder, que tras la familia burguesa hay represión. Su cine es un espejo roto donde todos nos vemos deformados.

El último escándalo

En sus años finales, ya consagrado en Europa con Belle de Jour  y El discreto encanto de la burguesía, Buñuel seguía siendo el mismo provocador. Murió en 1983, pero no sin antes dejar Ese oscuro objeto del deseo (1977), donde un hombre obsesionado persigue a una mujer que cambia de actriz en cada escena, como si el deseo mismo fuera un sueño imposible de atrapar.

Hoy, en una época donde el cine a veces parece más preocupado por los efectos especiales que por las ideas, Buñuel sigue siendo un faro. Un recordatorio de que el arte debe sacudir, incomodar, reírse del poder y, sobre todo, no pedir perdón por existir.

Y sí: Buñuel no creía en el alma, pero su cine la pone a prueba. Esa es su herejía más profunda. Y su legado eterno.

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