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Opinión, Plumas

Superman

Isra Reyes
Isra Reyes
julio 21, 2025

No es casual que Superman, el primer gran mito del cómic estadounidense, regrese una y otra vez al cine. Cada versión del Hombre de Acero refleja, como un espejo pulido en Metrópolis, las angustias y esperanzas de su época. La película de 2025, dirigida por James Gunn, no es la excepción: bajo su capa de espectáculo y efectos deslumbrantes, late un mensaje político tan evidente como polarizante.

Superman siempre fue, en esencia, un inmigrante. Un huérfano cósmico que llega a Kansas desde un mundo destruido, criado por granjeros que le inculcan los valores americanos: verdad, justicia, el famoso American dream. Pero ¿cuál es ese dream en 2025? La película lo redefine con un guiño progresista: el Superman de David Corenswet no solo lucha contra villanos, sino contra la xenofobia, el fanatismo y un sistema que privilegia el poder corporativo sobre la gente. Lex Luthor, aquí, no es solo un genio malvado: es un magnate populista que demoniza a los «fuera de este mundo» mientras acumula fortunas. ¿Les suena?

El filme no es sutil. En una escena clave, Superman derriba un muro (literal, de acero) que divide a una ciudad. En otra, un noticiero de derecha lo llama alienígena peligroso, mientras un presentador liberal lo defiende como el símbolo de la diversidad. No hace falta ser un semiólogo para ver el trasfondo: es la América de Trump y Biden, de la guerra cultural, de las batallas por la inmigración y la identidad. Gunn, hábil como pocos, sabe que hoy el cine de superhéroes ya no puede escapar a la política.

Pero hay algo más interesante: este Superman no es el boy scout invencible de Christopher Reeve ni el atormentado justiciero de Zack Snyder. Es un tipo que duda. Que llora. Que se pregunta si la humanidad merece ser salvada. Y ahí, quizá, está el verdadero mensaje de la película: en un mundo fracturado, hasta los dioses tienen crisis existenciales.

¿Funciona? Como entretenimiento, sin duda. Como alegoría, es un poco obvia. Pero lo relevante es que, una vez más, Hollywood usa el mito para hablar de lo que nos divide… y de lo que nos podría unir. Al fin y al cabo, como diría el viejo Jonathan Kent: «Un héroe no es el que nunca cae, sino el que se levanta». Ojalá nosotros, espectadores de esta era confusa, sepamos hacer lo mismo.

El Superman de 2025 no llega con respuestas definitivas, pero sí con una pregunta incómoda: ¿podemos, como sociedad, reconciliar nuestros ideales con nuestras divisiones? En un momento en el que la política se parece más a una pelea de kryptonitas que a un debate racional, el hombre del escudo rojo y azul se convierte, irónicamente, en un símbolo de lo que aún nos une. Porque, al final, su lucha no es contra monstruos extraterrestres, sino contra la peor versión de nosotros mismos: la que teme al diferente, la que desconfía del futuro, la que prefiere los muros a los puentes.

Tal vez por eso Superman sigue vigente, década tras década. No porque nos recuerde lo que podríamos ser, sino porque nos muestra lo que ya somos: un mundo en conflicto, pero también lleno de gente que, como él, cree que un acto de bondad, por pequeño que sea, puede inclinar la balanza. La película no resolverá nuestras guerras culturales, pero si al salir del cine alguien piensa dos veces antes de odiar al otro, antes de dejarse llevar por el discurso del miedo, entonces habrá cumplido su misión.

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