Como quien emerge de entre las sombras para limpiar un traje manchado de escándalos, Enrique Peña Nieto rompió su autoimpuesto silencio para defenderse de la acusación más reciente: haber recibido un soborno de 25 millones de dólares de empresarios israelíes, según revelaciones del diario The New York Times. La cantidad, lo suficientemente redonda como para sonar a ficción, y a la vez lo bastante creíble como para ajustarse al molde de los gobiernos priistas del siglo XXI, ha sacado al exmandatario de su dorado exilio madrileño. Pero su aparición no fue heroica ni convincente; fue, como todo en su sexenio, un simulacro más.
Peña Nieto, ese político de sonrisa de cartón y frases tropezadas, optó por desmentirlo todo en una publicación en redes sociales, el nuevo púlpito de los caídos. En su mensaje, apeló al honor, a su “conducta apegada a la legalidad”, como si su sexenio no hubiera sido una opereta de corrupción institucionalizada: Odebrecht, la Casa Blanca, la estafa maestra, el socavón exprés. ¿Cuántas veces puede un político repetir la palabra “honestidad” sin que el eco le devuelva una carcajada?
El expresidente se quejó de “la filtración dolosa de información”, como si el verdadero crimen fuera ventilar las tramas del poder y no haberlas perpetrado. Esta lógica del agraviado que se dice víctima del sistema, cuando él mismo lo encarnó hasta los huesos, es el sello de los impunes. Peña no niega los hechos con pruebas; los niega con indignación. Se desmarca sin ofrecer una sola evidencia que sustente su inocencia. Ni un documento. Ni un testimonio. Solo la palabra de un hombre cuya gestión elevó el cinismo a política pública.
Lo que resulta todavía más insultante para la memoria cívica de este país es la estrategia de silencio que ha cultivado durante años, esperando que el olvido haga su trabajo, como si la historia de México se escribiera con lápiz en papel mojado. Peña Nieto cree —o quiere creer— que los mexicanos ya pasamos la página, que su sexenio quedó sepultado bajo la avalancha mediática de la 4T. Pero los cadáveres siguen ahí: los 43 de Ayotzinapa, los desaparecidos, los desfalcos, los contratos a modo. Nada de eso ha prescrito en la conciencia pública, aunque sí en la carpeta judicial.
Peña representa la cara más pulida del viejo PRI: la que sonríe mientras reparte concesiones, la que se retrata con mandatarios internacionales mientras pacta en lo oscurito. Su defensa no busca justicia, sino borrar la huella. Y aun así, lo hace mal. Porque el verdadero animal político no es el que evade, sino el que sabe cuándo dar un paso atrás con astucia. Peña no lo tiene. Su defensa es torpe, tardía y hueca. Y en política, como en el teatro, el que entra mal a escena no logra redimirse en el acto final.
El país que dejó es uno más desigual, más dolido, más desconfiado. Y aunque el actual gobierno haya convertido la lucha contra la corrupción en un eslogan más, eso no exonera al pasado. Enrique Peña Nieto puede vivir en Madrid, puede pasear por Marbella, pero su legado —ese sí— no tiene dónde esconderse. Es el legado de un sexenio de moches, de pactos de impunidad, de una frivolidad que se creyó modernidad.
La historia no lo absolverá. Y si la justicia alguna vez despierta de su letargo, tal vez tampoco ella.



