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Cultura

Santa Anna y los chicles Adams

El Ahuizote
El Ahuizote
julio 14, 2025

Por más insólita que parezca, la historia del chicle —sí, ese pegote dulce que millones de personas mascan al día— está ligada a uno de los personajes más polémicos de nuestra historia: Antonio López de Santa Anna. El mismo que perdió una pierna en combate, la nación en tratados, y que pasó de héroe a villano en múltiples ocasiones. Pero, ¿qué tiene que ver el político veracruzano con la empresa que hoy conocemos como Adams y con la industria del chicle en todo el mundo? Acompáñeme, lector, en esta mascada de historia.

Santa Anna, entre exilios y caprichos

Corría la década de 1860. Después de una vida militar llena de gloria, derrotas, traiciones y una docena de veces en la silla presidencial, Santa Anna vivía uno de sus múltiples exilios, esta vez en Staten Island, Nueva York. Lejos de la política mexicana pero cerca de sus excentricidades, el viejo caudillo aún se creía un personaje relevante. Y no es para menos: en ese entonces era más famoso que la mayoría de los personajes públicos de Norteamérica.

Fiel a su personalidad extravagante, el general llevó consigo algo peculiar: una gran cantidad de chicle, conocido entonces como chicle de zapote o sicomoro mexicano, extraído del árbol del chicozapote del sureste mexicano. En realidad, no lo usaba para mascar, sino como sustituto para fabricar prótesis dentales. Santa Anna, que había perdido varias piezas dentales y tenía una pierna de madera, se preocupaba por mantener su figura y su sonrisa. Vanidoso hasta el final.

Thomas Adams y el chicle que cambiaría al mundo

En Nueva York, Santa Anna conoció a un inventor estadounidense llamado Thomas Adams, un curioso empedernido que vivía obsesionado con encontrar un invento que lo sacara de la pobreza. Santa Anna le propuso algo visionario (aunque no lo supiera): usar el chicle que él traía para fabricar goma que pudiera sustituir al caucho, ese material caro y complicado de conseguir en la época. Adams, con fe ciega y sin nada que perder, aceptó.

Los experimentos resultaron un fracaso. El chicle no servía para hacer ruedas, ni juguetes, ni zapatos. Nada. El joven inventor estaba a punto de tirar la sustancia a la basura, cuando notó que la gente que lo probaba en la boca —por mera curiosidad— lo encontraba agradable. Era flexible, resistente y con un sabor raro pero masticable.

Entonces llegó el momento de la chispa. Adams decidió endulzarlo, darle sabor a regaliz, y lo empezó a vender en pequeñas bolitas envueltas en papel. Así nació Adams New York Chewing Gum, la primera marca comercial de chicle en el mundo. Y con ella, una industria que hoy mueve miles de millones de dólares al año.

El chicle: de selva maya a símbolo pop

Lo que comenzó como un producto natural de los mayas —que lo mascaban para limpiar los dientes y saciar el hambre— se transformó, gracias a Santa Anna y Adams, en un emblema de la cultura moderna. El chicle fue un éxito rotundo en Estados Unidos. Pasó de los mostradores de farmacias a los soldados de la Segunda Guerra Mundial, quienes lo mascaban en las trincheras como terapia contra la ansiedad. Y luego vino Hollywood, los anuncios de televisión, los concursos de globos y hasta el famoso eslogan de “Doublemint” o “Chiclets Adams”.

Santa Anna, por su parte, no recibió ni un solo centavo por su insólita aportación. Como tantas veces en su vida, fue protagonista del inicio de algo grande, pero quedó relegado al pie de página. Murió olvidado, sin dinero y en su natal Veracruz, sin saber que uno de sus caprichos daría lugar a una de las industrias más curiosas del siglo XX.

De héroe a villano… ¿y a empresario frustrado?

Esta anécdota encapsula todo lo que fue Santa Anna: un personaje lleno de contradicciones, más complejo que el blanco y negro en que solemos retratarlo. Fue patriota y traidor, libertador y dictador, soñador y farsante. Y también, en este caso, un precursor del comercio global… sin saberlo.

Su legado —tan debatido como colorido— no solo se mide en batallas perdidas o tratados firmados con los Estados Unidos, sino también en esos giros extraños de la historia donde México, aunque sin proponérselo, termina sembrando ideas que germinan al otro lado del Río Bravo.

Hoy, cada que alguien abre una caja de Chiclets, mascando sin pensar, ignora que tras ese sabor artificial y ese clic constante de mandíbula hay una historia mexicana. Una historia con árboles del sur, con un general sin dientes y un inventor sin dinero. Porque así es la historia de México: absurda, genial, trágica… y a veces, incluso, mascable.

¿Quién iba a pensar que el chicle, ese símbolo pop de la modernidad gringa, tenía raíces mexicanas y un bigote decimonónico? Pues sí, Santa Anna no solo perdió la mitad del país… también nos dejó pegada, sin querer, una de las curiosidades más dulces de la historia.

Así que la próxima vez que mastiques chicle, recuerda que quizás llevas en la boca un pedacito del legado del hombre que perdió media nación… y ganó, sin querer, un lugar en la historia del azúcar.

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